domingo, 19 de julio de 2015

Antiguos y modernos

Antigua / Antiguo / Antigüedad / Antigüedad clásica / Tradición / Tradicionalismo / Tradicionalista /
Innovación / Cambio / Permanencia / Modernidad / Moderno / Novedad / Nuevo / 
Postmodernidad / Postmoderno /
Tiempo /
Alternancia / Cambio de gobierno /
Transición / Transición española

No debe confundirse la Antigüedad con el Antiguo Régimen.
No debe confundirse cambio con libre cambio.
No debe confundirse modernidad con moda.

No parece que pueda prometerse el cambio sin vestir traje y corbata.

La percepción del cambio en el tiempo es consustancial al método de la historia (o la perspectiva de las ciencias históricas), así como lo propio, pero de la esencia inmutable, lo es al de la filosofía (o la perspectiva de las metaciencias filosóficas). Hay al menos dos posibles concepciones sobre el paso del tiempo en la historia: la lineal (por ejemplo, pero no únicamente, la idea de progreso ilustrada-positivista-marxista o la providencialista cristiana -de la creación al juicio final-) y la circular (el corso e ricorso de Vico, el eterno retorno niztscheano). El cambio es la sustitución de lo antiguo (lo viejo, lo tradicional) por lo nuevo (lo moderno, lo incierto). Lo nuevo llega con el tiempo: el presente no dura, atrás queda el pasado que recordamos (la imagen que nos hemos construido del pasado que queremos recordar) y enfrente imaginamos el futuro (la imagen que construimos a partir de signos y tendencias que interpretamos a la luz de nuestras experiencias y conocimientos). Podría parecer que lo establecido tiene "miedo al cambio" y que los que "no tienen nada que perder" están dispuestos a cambiarlo todo. Pero no es siempre así. El conservadurismo de los humildes ("Virgencita, que me quede como estaba") es muchas veces más fuerte que el de los poderosos, dispuestos a "cambiarlo todo para que todo siga igual" (Lampedusa). La inseguridad y el riesgo es inherente a cualquier decisión, no hay "zona de comodidad", puesto que
cualquiera de las alternativas supone gestionar los conflictos que suscita: conservar lo antiguo (frenando, reprimiendo o revirtiendo las novedades), transformarlo para adaptarlo a esas nuevas condiciones (aceptando que las novedades han venido para
quedarse y que hay que convivir con ellas o "conllevarlas"), o destruirlo decididamente para levantar un nuevo edificio sobre sus ruinas. La sucesión generacional o la alternancia de personas y grupos en el poder político es una constante, y por sí misma dota de legitimidad (la muerte del rey -La rama dorada, El rey ha muerto, viva el rey-, repristinación de la democracia mediante las elecciones).
Botticelli, La Primavera, ca. 1480

Le temps revient (en francés, no en italiano -Ritorna il tempo-) fue el lema de los Medici, y en el punto álgido del Quattrocento florentino se identificó con el "nuevo" concepto de "Renacimiento": nace algo nuevo, que en realidad es la vuelta (o revuelta) de algo bueno de lo antiguo que se había perdido. Las revoluciones son, etimológicamente, vueltas circulares (Copérnico), "vueltas de tortilla" que pretenden no una mejora por sí, sino la restauración de un orden pasado, vulnerado en el presente por las injusticias introducidas ("cuándo querrá Dios del cielo que la justicia se vuelva, y los pobres coman pan, y los ricos coman m...." "When Adam delv'd, and Eve span, Who was then the gentleman?"  -revuelta de Wat Tyler, Inglaterra, siglo XIV-). Esperar lo mejor de la novedad es un mito reciente, propio del optimismo "progresista" ilustrado que confía en la bondad natural del hombre. Las vanguardias, tanto artísticas como políticas, de la primera mitad del siglo XX, glorificaron lo nuevo y la juventud como valor por sí mismo, sobre todo en el fascismo (Giovenezza, Estado Novo, Nuevo Estado Nacional).
Tortilla Siglo XXI
Ferrán Adriá- El Bulli
Fuente: Marta Colomina
En la propaganda política de los países democráticos, desde finales del siglo, coincidiendo con la triunfante moda intelectual de la "postmodernidad" y la "deconstrucción" (que lo mismo decodificaba la tortilla de patatas convirtiéndola en una "espuma de huevo y patata al aroma de aceite" que convertía la ciencia histórica en un "contar historias" o los museos en hangares y los hangares en museos -en todos los casos se trataba de poner raciones más pequeñas pero más caras, en platos de diseño, respondiendo a la demanda del mercado-), la apelación al cambio o a la renovación ha pasado a ser un tópico cuyo contenido es del todo indiferente en cuanto a la orientación política. Algo diferente pasa con la palabra "reforma", que conserva algún referente semántico, aunque de forma divergente dependiendo si se emplea en el contexto del sistema educativo (donde se vendía como "progresista") o en los recortes presupuestarios (donde se vende como "neoconservadora" o "neoliberal").

Novus ordo seclorum
es uno de los dos lemas del
"gran sello" de los Estados Unidos,
reproducido en los billetes de un dólar

El debate de los antiguos y los modernos (Perrault) marcó uno de los momentos clave de la historia intelectual.
En la sociedad industrial, ávida de "novedades", lo "nuevo" es un valor.
En la sociedad preindustrial, donde no hay más "buena nueva" que la del Evangelio, la "novedad" es una vulneración de "lo establecido", un desafío a la "tradición", una alteración de los "usos y costumbres", una conculcación de los "derechos adquiridos".
"No conviene hacer novedad por ahora" es una expresión convencional que aparece por doquier en la documentación administrativa del Antiguo Régimen ante cualquier proyecto de un arbitrista o cualquier solicitud de  reforma de un ilustrado.
"En tiempo de desolación no hacer mudanza" es la recomendación de San Ignacio.

De Santiago Blanco:
Nouus es un término que mueve la desconfianza en la civilización romana. Cualquier nombre al que se anteponga el dichoso adjetivo pasa a adquirir ipso facto connotaciones negativas, vg:
  Poetae noui , en griego neóteroi y en latín también neoterici, son denostados por Cicerón entre otras cosas porque él nunca supo escribir nada tan hermoso.
  Res nouae, equivale a revolución, así los deseosos de cosas nuevas, cupidi rerum nouarum, son siempre vistos con malos ojos y su traducción sería revolucionarios. Tanto es así, que un innovador político en Roma tenía que demostrar que sus novedades no eran tales, sino que pertenecían a la Antigüedad y que la incuria de los tiempos las había borrado o deteriorado, el mito de las cuatro edades y los siglos de Saturno y todo eso.
  Tabulae nouae, este término hace chirriar los dientes de los honestiores y provoca escalofríos entre los ricos y cuantos se les arriman, corresponde al grito revolucionario griego de chreon apokope y significa anulación de las deudas adquiridas.
  Homines noui, por supuesto, en esto no insisto.
  PERO siendo esto así, la pretensión de prohibir la enseñanza de la retórica latina en los comienzos del siglo último de la república obedece al intento conservador de garantizar el monopolio del conocimiento de la retórica griega entre los honestiores, entre los integrantes del consensus bonorum del Arpinate, que eran los únicos que podían tener acceso a la educación en griego, profesores griegos, bibliografías en griego e incluso viajes de estudios a Atenas, Rodas o Pérgamo, y cuando no había plata, a Marsella, que pillaba más cerca.
  Los humiliores urbanitas deseaban acceder a estos conocimientos porque la palabra en aquellos turbulentos tiempos de la República aún mantenía cierta influencia. Véase la importancia de las contiones entre los comitia tributa y los rostra.
  En este contexto la publicación de la Rhetorica ad Herennium en una fecha probablemente posterior a la dictadura de Sila, supone la divulgación de los principios de la retórica griega en latín, para que la entienda todo el mundo, para que la influencia política no fuera detentada exclusivamente por los ricos.
  El prof. Francisco Pina Polo, creo que de Zaragoza, trata este tema con brillantez en Contra arma uerbis.

No es una sola, señor mío, la causa de los cortísimos progresos de los españoles en las facultades expresadas, sino muchas. La primera es el corto alcance de alguno de nuestros profesores. Hay una especie de ignorantes perdurables, precisados a saber siempre poco, no por otra razón, sino porque piensan que no hay más que saber que aquello poco que saben. Basta nombrar la nueva filosofía, para conmover a éstos el estómago. Apenas pueden oír sin mofa y carcajada el nombre de Descartes. Y si les preguntan qué dijo Descartes, o qué opiniones nuevas propuso al mundo, no saben ni tienen qué responder. La segunda es la preocupación que reina en España contra toda novedad. Dicen muchos, que basta en las doctrinas el título de nuevas para reprobarlas, porque las novedades en punto de doctrina son sospechosas (Feijoo, Cartas eruditas, 1760).

Los cambios revolucionarios son rápidos, violentos y sustanciales. Con el nombre de "transición" se etiquetan distintos periodos históricos en los que se produce un "tránsito" más pacífico y lento que los cambios revolucionarios, pero no necesariamente menos sustancial. Los historiadores materialistas han utilizado el término para los periodos seculares en que se produce un cambio de modo de producción (transición entre el esclavismo y el feudalismo -siglos III al VIII-, entre el feudalismo y el capitalismo -siglos XIV al XIX-). Cuando, a mediados del siglo XVII, los ingleses experimentaron una revolution que literalmente quería volver el mundo del revés (the worl turned upside down), obtuvieron no sólo unos excelentes tratados de ciencia política, sino una nueva revolución, ahora llamada gloriosa, a finales del siglo, que estableció un sistema de alternancia política en que el gobierno pasaría pacíficamente de un partido a otro según un complejo sistema electoral cuya naturaleza es precisamente su perfectibilidad: nunca está acabado. En el siglo siguiente, los franceses, quizá más adeptos al racionalismo que al empirismo, prefirieron cambios revolucionarios simbolizados en el mecanicismo cartesiano de la guillotina. No del todo ajena a estos debates, en las ciencias naturales, la polémica entre gradualistas y catastrofistas se resolvió en el XIX con la victoria de Darwin y su concepto de evolución.

Una época de la historia de España se autodefinió como "Transición" o "Transición española": la que "transitó" entre el régimen dictatorial de Franco (agonizante entre 1968 y 1975) y el régimen democrático de la Constitución de 1978 (de inseguro establecimiento, entre las elecciones de 1977 y el golpe de estado de 23 de febrero de 1981, o hasta la definitiva homologación europeísta con la entrada en el Mercado Común en 1986). La condición pacífica y consensuada de la Transición española (la más exitosa del ciclo mediterráneo de los años 70, con Portugal y Grecia) se puso en su día como modelo para otros procesos de democratización (los de América Latina en los años 80 y 90), mientras que una generación más tarde ("régimen del 78", "no nos representan" -15M-) ser denunciada como un "pacto de élites", una transformación lampedusiana que dejaba impune una condena radical del franquismo y no reivindicaba la memoria histórica del bando perdedor de la guerra civil (de hecho, también se argumentaba esto último entonces y se sigue argumentando lo primero ahora). En la época esa tensión se expresó terminológicamente como el enfrentamiento entre la "reforma" y la "ruptura". Torcuato Fernández Miranda fue el inspirador del concepto de reforma política que, impulsado por Juan Carlos I, el rey heredero de Franco, aplicó el "héroe de la traición" Adolfo Suárez ("de la ley a la ley por la ley"... "cambiar las cañerías sin cortar el agua"). La oposición inicialmente se coordinó en torno al concepto de ruptura, imaginando un proceso similar a la revolución de 1868 (diseñado por los opositores exiliados en el Pacto de Ostende) o al de 1931 (ídem, Pacto de San Sebastián); sólo los menos flexibles permanecieron en esa postura, incluso el PCE de Santiago Carrillo optó por pactar con las autoridades.

El régimen político español que llamamos de 1978 en honor a su Constitución, es el resultado de nuestra exitosa Transición; un proceso de metamorfosis pilotado por las élites del franquismo y de la oposición democrática que hizo que España pasara de ser una dictadura a transformarse en una democracia liberal homologable. Como señala Emmanuel Rodríguez en su último libro, las élites políticas y económicas franquistas carecían de legitimidad pero contaban con casi todo el poder. Mientras, las élites de la izquierda clandestina casi sólo contaban con legitimidad; Vázquez Montalbán, con su fina ironía, llamó a esto “correlación de debilidades”.

Aquel proceso de transformación contó con momentos normativos fundamentales en lo político, como los referendos que avalaron la Ley para la Reforma Política y la propia Constitución, y también en lo económico, como los Pactos de La Moncloa que abrieron el camino a la versión española de desarrollo neoliberal. El fracaso del golpe del 23-F que consolidó el prestigio de la Monarquía, la victoria del PSOE en 1982, y la incorporación de España a la Comunidad Europea y a la OTAN terminaron de consolidar nuestra Transición. El nuevo régimen se articuló sobre un sistema de dos grandes partidos nacionales, manejó bien la tensión catalana mediante un funcional sistema de reconocimiento mutuo entre las élites de Cataluña articuladas políticamente en torno a CIU y las españolas, y convivió con el terrorismo de ETA en un País Vasco en el que el PNV se convirtió en el partido hegemónico.

Curiosamente, en los últimos días, cada uno por su lado, los dirigentes de los dos partidos "emergentes" han definido el concepto de Transición española:

Apoyada por un desarrollo sin precedentes de la cultura audiovisual y unos medios de comunicación que se consolidaron como los principales actores ideológicos, la base social del régimen de 1978 fueron unas nuevas y autopercibidas clases medias que asociaron el futuro de España a una promesa de modernización y mejora de sus condiciones y expectativas de vida que, en cierta medida, se cumplió. La última etapa feliz de aquel régimen, que precedió a la crisis de 2008 y que fue protagonizada por el Partido Popular, se asentó sobre un modelo de desarrollo basado en el consumo mediante el crédito, en la especulación inmobiliaria y en la división del trabajo europeo. La crisis financiera terminó por revelar los límites y peligros del modelo español y el envejecimiento de sus estructuras políticas, haciendo pagar a las clases medias y asalariadas los platos rotos.
Pablo Iglesias, Una nueva transición, El País, 19 de julio de 2015

Pero es fundamental asimismo reformar España y reconstruir el proyecto común español en el marco de la Constitución, la sociedad del bienestar, la economía de mercado y la Unión Europea, los cuatro pilares que se asentaron en la Transición.
Albert Rivera,  La solución para Cataluña, El País, 29 de julio de 2015

Véase también Hombre-hombre nuevo, Virilidad, Roma, Tradición, Biblia-Antiguo Israel, Grecia-Antigua Grecia, Roma-Antigua Roma, Antiguo Régimen, Arte y política, Educación y política, Ciencia política, Gobierno, Crisis, Bipartidismo, Caciquismo, Progresismo, Conservadurismo, Reaccionario, Revolución-Cambio de régimen, Usos y costumbres-Consuetudinario, Español, Español-Carlistas, Franquismo-Tradicionalistas Nacionalismo-Nacionalismo español

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