miércoles, 29 de octubre de 2014

¿Está usted seguro?

Seguridad
Traducción: Eh... ¿esto es un atraco o un
stress test -"prueba de tensión"- corriente?

Si la capacidad de elegir es la base de la libertad, la duda ante la elección (que no deja de ser un duelo anticipado por la pérdida segura de la opción que se descarte en beneficio de otra) se vive como una incertidumbre que puede llegar a ser angustiosa e insoportable. La certeza (es decir, la ausencia de elección y de libertad) proporciona seguridad. Todo ello, antes de considerar siquiera que las elecciones suelen ser entre soportar la injusticia o cometerla (Sócrates, Gorgias). En ambos casos nos sentimos mal (en vez de regodearnos por ser fuertes o listos, tenemos remordimientos por ser malvados; en vez de regocijarnos por ser santos, nos despreciamos por ser tontos o débiles). En muy pocas ocasiones la inseguridad es vivida como una certeza (la certeza de un mal que se nos impone sin posibilidad de opción), porque siempre tenemos opción (por ejemplo, la resistencia aun sabiendo que conduce a la muerte -los atracadores dicen "la bolsa o la vida"-), y de no tenerla, siempre nos autoengañamos (la esperanza -el último mal que quedó en la caja de Pandora-).

La sociedad política se entiende (desde Hobbes, Locke y Rousseau) como un compromiso entre seguridad y libertad. Ambos valores son contradictorios: en un estado de seguridad absoluta no habría margen alguno para permitir a los individuos tomar decisiones; en un estado de libertad absoluta no habría ninguna posibilidad de prevenir las acciones negativas de cada uno de los individuos.
Quien sacrifica su libertad para obtener seguridad no merece ni la una ni la otra
Véase también Paz, Libertad, Violencia, Monopolio de la violencia

Las normas de seguridad ciudadana en Europa (El País)

La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran… (Constitución española de 1978).

ὡς ἐλεύθεροι καὶ μὴ ὡς ἐπικάλυμμα ἔχοντες τῆς κακίας τὴν ἐλευθερίαν ἀλλ’ ὡς θεοῦ δοῦλοι (Andad como libres, pero no uséis la libertad como pretexto para la maldad, sino empleadla como siervos de Dios -1 Pedro 2:16-)
Those who would give up Essential Liberty to purchase a little Temporary Safety, deserve neither Liberty nor Safety (Los que renunciarían a la libertad esencial para comprarse una seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad -Benjamin Franklin-)
Give me liberty or give me death (Dadme la libertad o dadme la muerte -Patrick Henry-)
Democracy means to know that when somebody rings at the door of your house in the morning it is the milkman ( La democracia significa saber que cuando alguien llama a la puerta de tu casa de madrugada, es el lechero -Winston Churchill-)

Seguridad como búsqueda de felicidad:

Posiblemente también lo sea la búsqueda de libertad (la que nos empuja al enfrentamiento edípico con nuestro padre, y a salir de casa), pero la búsqueda de seguridad es obviamente un imperativo de raíz biológica, una adaptación evolutiva que compartimos con el resto del mundo animal (pegar la espalda a la pared de la cueva, huir o encogerse con un ruido -algunos se "hacen el muerto"-), lo que explica muchas disfunciones, que actúan como determinismos pavlovianos (los perros que salivan con el ruido de una campanilla). Este neurólogo explica por qué nos altera escuchar música "desafinada" (lo que también, creo yo, explica muchas actitudes "conservadoras": por qué nos altera que nos alteren las condiciones de nuestro puesto de trabajo o que aparezcan en nuestro barrio vecinos con costumbres exóticas -que también dependan de mecanismos culturales, a través de los cuales se canalizan esos temores, o en su caso se inhiban, no niega su raíz fisiológica-).

Carlos Tejero, vocal de la Sociedad Española de Neurología (SEN), explica el desconcierto: "Una parte de nuestro cerebro busca patrones de seguridad. A lo largo de la vida, vamos definiendo qué es para nosotros cantar bien. Y cuando ese patrón no se repite, la sensación es desagradable. El hombre primitivo ya se agarraba a estos patrones para detectar el peligro. Es la misma señal de alerta que le saltaría a alguien que vive aislado de la civilización y de repente aparece en una calle atestada de tráfico". Obviamente, no todos compartimos el mismo patrón de seguridad. Y, como detalla el neurólogo, hay personas más sensibles a una voz desafinada igual que otras son menos tolerantes al desorden de una casa. Pero el origen del rechazo es el mismo: temor. También hay buenas noticias. "Nos acostumbramos rápido a la gente que canta mal. Por ejemplo, a tu pareja: tras escucharlo muchas veces, quizás no llegue a gustarte, pero desaparecerá el repudio", comenta Carlos Tejero. He aquí la razón por la que muchos que entonan de forma desastrosa no parecen darse cuenta de ello: han moldeado el patrón de seguridad... en su propio beneficio. No acatar esta pauta de protección cerebral (una canción que no se ajusta a nuestra idea de corrección, un cuadro torcido que desafía nuestro concepto de la línea recta o un aspecto físico inesperado) afecta a la amígdala cerebral (conjunto de núcleos de neuronas cuyo papel principal es procesar y almacenar reacciones emocionales), provocando una respuesta física que nos conduce al enojo. (Ana Moreno, ¿Qué ocurre en mi cerebro cuando escucho a alguien cantar mal?, El País, 29 de octubre de 2014).

Seguridad jurídica
En gran medida coincide con las garantías del Estado de derecho. Se ha argumentado que la seguridad jurídica que alcanzaron los empresarios ingleses a partir de la Glorious Revolution de 1688 está en la base de la Revolución Industrial.
Isócrates (Aeropagítica, 31-35 -véase también en Democracia-) describe una situación semejante en la idealizada democracia ateniense de la época de Solón y Clístenes:

Administraban sus propios asuntos de manera similar a lo ya mencionado. No sólo estaban de acuerdo en los negocios comunes sino que, respecto a la vida privada, actuaban entre sí con la sensatez que deben tener hombres inteligentes y que tienen una misma patria. Los ciudadanos más pobres estaban tan lejos de envidiar a los más hacendados, que se cuidaban tanto de las casas grandes como de las suyas propias, por pensar que la felicidad de aquéllos les procuraba bienestar. Quienes tenían haciendas no menospreciaban a los que se hallaban en una situación más menesterosa, sino consideraban que era para ellos una vergüenza la pobreza de los ciudadanos y socorrían sus necesidades, confiando a unos terrenos de labor a un alquiler moderado [Los ektémoroi eran arrendatarios obligados a pagar a los propietarios un sexto de la cosecha de ahí su nombre), lo que era realmente moderado, como dice Isócrates -nota del editor-], mandando a otros a comerciar y suministrando a algunos capitales para otros trabajos. Porque no tenían miedo de sufrir ninguna de estas dos cosas: perder todo o recobrar una parte de lo prestado con muchas dificultades. Tenían igual seguridad en lo que habían entregado que en lo que conservaban en su casa. Veían, en efecto, que quienes juzgaban los con- tratos no acudían a la benignidad, sino que obedecían las leyes. Y no se permitían ser injustos en los procesos de otros sino que se indignaban más con los ladrones que los propios perjudicados y pensaban que quienes incumplían los contratos dañaban más a los pobres que a los ricos. Porque estos últimos, aunque renunciaran a reclamar, quedarían privados de unos pocos ingresos, mientras que los pobres, al faltarles sus valedores, quedarían en la miseria más extrema. Con esta manera de pensar ninguno escondía su hacienda ni vacilaba en prestar, pues veía con más agrado a quienes le pedían préstamos que a quienes se los devolvían. Les ocurrían las dos cosas que desean los hombres inteligentes: ayudaban a los ciudadanos y al mismo tiempo hacían productivo su dinero.Y lo más importante de un buen trato mutuo: las adquisiciones eran seguras porque se poseían con justicia y su disfrute era común a todos los ciudadanos necesitados.

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